martes, 1 de abril de 2014

(Sin título), por Nick Anderson

[Este cuento participó en el concurso #98 de ficción breve convocado por el escritor Alberto Chimal en su sitio Las Historias]



Por toda su vida, Javier había creído que era un perro. Nadie sabe dónde empezó. Desde [que] era bebé, había preferido gatear en [lugar]de caminar, ladrar en [lugar] de hablar, y aun comer del suelo en [lugar de usar] la mesa. Sus padres eran demasiado blandos para insistir que Javier actuara como un niño normal; querían que hiciera lo que se sentía natural y lo que se causaba alegría. En su sexto cumpleaños, cuando era bastante claro que Javier no iba a sobrevenir esta fase, su familia le regaló un perro de peluche. El peluche actuaba como el cuerpo canino que Javier nunca tendría, y el niño lo trataba así. Nunca lo dejé, ni para nadar, ni para bañarse, ni nada. Javier no iba a la escuela, pero sus padres intentaban a enseñarle las cosas más básicas. Cuando le preguntaron a Javier si había entendido, daría un ladrido jovial.
Pasaron los años, y crecía Javier, aunque nunca paraba de crear que era perro atrapado en el cuerpo de un ser humano. Un día cuando Javier tenía 31 años, estaba con su hermano mayor, mirando una parada. De repente, sonó un disparo, y empezó frenesí. Sus instintos animales activaron, y Javier se fue corriendo mientras que la multitud bulló con el pánico. En el caos, Javier y su hermano eran separados. Javier corrió a ciegas, y solamente paró cuando se sentía que sus pulmones iban a estallar. Paró, jadeando por el aire, completamente perdido. Estaba en la parte peligrosa de la ciudad, u su hermano no estaba en visto. Javier lloriqueó, asustado y solo.

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