[Este cuento participó en el concurso #98 de ficción breve convocado por el escritor Alberto Chimal en su sitio Las Historias]
Me levanto en la mañana y miro por mi ventana, el vapor de mi café acariciando mi cara mientras espío a todo el mundo.
En la calle, una mujer hablando por móvil mientras maneja su hijo a la escuela.
Al lado de la calle, un veterano buscando algo (o al menos algo) en el contenedor.
Más lejano de la calle, un hombre con peinado de los 1950s chocando un peluche contra una pared múltiples veces, gritando algo que no puedo oír.
Las primeras dos imágenes son cotidianas; la tercera es inquietante de alguna manera.
En mi cerebro de archivos la archivo como imagen de “caos silencioso”: es decir, la violencia tan callada que no se siente el deseo de hacer nada para pararla.
Sentí lo que sentí con el hombre y su peluche unos años antes–este caos silencioso–mirando fijamente el metraje del tsunami comiendo todo por su camino en varias ciudades de Japón.
Fue unos años antes, otra vez en la mañana, otra vez una taza de café en mi mano derecha. Por la televisión, el agua japonesa destruyendo todo, remojando todo, ahogando a los bebés y a sus respectivas madres… silenciosamente vertiendo sobre todo—y yo no sentí nada. Era una destrucción demasiada tranquila para parar.
Creo que es importante distinguir el caos silencioso de la locura en general.
Bebo un sorbo de mi café antes de que se enfríe. Miro en paz mientras el hombre con peinado de los 50s convierte el peluche a un montón de piel-de-perrito.

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