martes, 1 de abril de 2014

Sábado, por Ellia Higuchi

[Este cuento participó en el Concurso #99 de ficción breve, convocado por Alberto Chimal en su web Las Historias]

Sábado. Fue el gran día de la semana, como las turistas siempre tienen que comprar unos recuerdos para sus queridos en los EEUU o Brasil o, a veces, si [soy] afortunada—en Japón. Van de compras los sábados porque los domingos ya [están] reservados para las tareas más importantes, ej. arreglar los billetes y las maletas, sobornar al político local para una vuelta segura, etc., etc.
En todos estos años he aprendido sólo que los japoneses son los corredores más lentos del mundo. A la una y media ya recibí confirmación desde arriba que sí, era sábado, y aquella japonesa tenía una bolsa brillante; y que sí, todavía me estaba escuchando el Dios.
Toqué a su hombro.
Ella dio la vuelta.
Tomé la bolsa.
La bolsa sonó con monedas, canción de los sábados.
Ignoré los gritos, salté el niño de la vendedora de manzanas, imaginaba que era Aladino (no la mujer de Aladino, aquella niña estúpida), casi caí en una caja de naranjas.
Corrí.
Corrí más.
De pronto, mis pies pararon sin mi permiso. Estaba en un callejón, y, frente [a mí] ví a una mujer, cara morena, silenciosa, expresión sin palabras. Sin palabras yo vi en mi cabeza lo que ella vio: al pie, una mujer, cara morena, cansada, sin palabras por causa de falta de respiración.
La mano derecha todavía estaba agarrando la bolsa de charol; la mano izquierda estaba sudando.
Si yo no tomo el dinero, voy a ser como ella.
La mujer me miró, y sin palabras confirmó: si tú no tomas el dinero, vas a ser como yo.
Oí las voces en la distancia y continúe corriendo hasta el futuro.


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