martes, 1 de abril de 2014

Polvo, por Kevin Gonzalez

[Este cuento participó en el concurso #98 de ficción breve convocado por el escritor Alberto Chimal en su sitio Las Historias]



Justo al lado del departamento por la esquina, se encontraba Miguel esperando a que saliera su hijo del almacén.
Por qué se tardará, pensó Miguel.
No queriendo dejar que el perro se ensuciara en el polvo de la banqueta, Miguel fue al departamento al lado y vio a un señor sentado en una mesa.
-Disculpe, dijo Miguel.
-¿Qué?, dijo el señor, sin mirarle a Miguel.
-Perdone, espero a mi hijo, y quiero regalarle esto para sus cumple, pero todavía no llega de la escuela y no quiero ensuciar el perro por tenerlo arrastrando el piso. ¿No le sería molestia dejarlo aquí un momento?
El hombre levantó los hijos y le miró a Miguel, reconociendo la insignia de la fábrica en su pecho.
-Claro, déjalo ahí compañero.
-Muchas gracias.
Miguel puso el perro de peluche en la mesa. Escuchó la rechinada de la puerta del almacén, el ruido haciéndose eco por el departamento. El hombre dejó de escribir, y empezó a pararse.
Miguel interrumpió sus movimientos, temiendo que descubriera el hombre a su hijo en el almacén.
-¿Ud. trabaja en las oficinas todos los días?
-Si, todos los días. ¿Ud. en cual fábrica?
-En la cementera, pero solamente consigo arena.
-Ah, trabajo difícil.
El hombre se puso a escribir de nuevo.
-¿Cómo se llama Ud.?- preguntó el hombre.
-Eh, Francisco.
-Bien, Francisco.
El hombre le miró a Miguel algunos momentos, viéndole los años de gasto que lo han moldado al forme de hombre arenoso. Miguel, sintiendo el acercamiento de la sospecha, se ansia con cada segundo que su hijo tardaba.
Porqué se tardará. pensó Miguel.
Pasaron otros quince minutos, con Miguel saliendo y entrando de la puerta a la calle para ver si su hijo saliera del almacén. Desesperado, agarró el perro y salió del departamento y entró al almacén.
Entrando en la oscuridad del salón, caminó lentamente, sabiendo que con cada paso que avanzaba, aumentaba en ruido que atraía al hombre. Llegó a un pasillo al fondo del almacén, dio un giro a la derecha, y vio a Juanito. Estaba pegado a la pared con una caja fuerte pequeña en las manos y en frente tenía un perro pastor alemán. Los dos habían estado allí por más de una hora, mirándose el uno al otro. El perro, quien medía el mismo tamaño que Juanito, no sabía reaccionar en modo de ataque o de cariño. Le causaba conflicto olfatorio el crimen del padre y la inocencia del niño. Quedaron congelados en el tiempo, entre la indecisión y los instintos.
-Juanito.
Los dos miraron a Miguel y quebraron la eternidad del instante en que existían. El niño corrió hacia Miguel, y el pastor alemán lo persiguió. Miguel agarro el perro de peluche y se lo detuvo de frente. El pastor alemán lanzó con boca abierta, destrozando el juguete, rompiéndole un pedazo con cada paso que retrocedieron. El hombre de la oficina se había alertado con los ladridos del perro, y corrió hacia el almacén. Viendo las siluetas de Miguel y Juanito, el hombre les gritó maldiciones mientras los perseguía. Miguel y Juanito lograron en salir del almacén, y cerraron las puertas del almacén y del departamento, y huyeron.
Momentos después de evacuar la escena, llegando a un espacio escondido en la ciudad, Juanito le dio la caja fuerte a Miguel. Con unas pinzas gruesas, Miguel cortó la caja fuerte, revelando a varios billetes.
Mientras Miguel se metía los billetes en la bolsa, Juanito miró hacia abajo, viendo todavía el imagen del perro alemán en el polvo callejero.
-Porqué te tardabas, pensó.

No hay comentarios: