Busco mi
billete de autobús. El taxi va a venir dentro de diez minutos para llevarme a
la estación, y no tengo ni idea dónde está, y no puedo recordar cuándo lo
tenía. Lo compré, y lo puse en mi bolsa, sí… pero ya no está en mi bolsa y no
puedo recordar nada más. Bueno… mi apartamento no es grande. Sólo hay tres
habitaciones, y tiene que estar aquí… ¿verdad? No está sobre la mesa, no está
al lado de mi cama, no está entre los cojines del sofá… el taxi está aquí. Me
tengo que ir ya, y voy a la estación aunque no tengo el billete porque necesito
coger este autobús. El próximo no vale.
No está en el ascensor. No está en
la calle. No está en el taxi, pero yo sí estoy en el taxi, y estoy nerviosa.
Llegamos a la estación. Veo el autobús y quiero volver al apartamento y llorar,
y no salir, y no tener que decirle por qué no estaré allí con él esta noche.
Salgo del taxi:
“¡Buen viaje!”
“Gracias.”
Me acerco al autobús y el conductor
me amenaza con su montón de billetes ya entregados. Le empiezo a hablar.
“¿O sea que usted quiere subir sin
billete?”
“Pues sí, pero compré un billete, se
lo juro. Lo perdí.”
El conductor niega con la cabeza y
suspira.
“Por favor, hágase a un lado, que
los pasajeros quieren subir.”
Mi mente empieza a girar. Piensa.
Necesito llegar allí esta noche, y lo haré con o sin la aprobación del
conductor. Veo la cola de gente subiendo y el grupo de cuatro o cinco personas
poniendo su equipaje en el lado del autobús. Las maletas no tienen billetes,
supongo. Alguien se da cuenta de que los estoy mirando.
“Oye, ¿te ayudo? Dame tu maleta.”
“No, no, está bien… lo puedo hacer
yo, gracias.”
Ellos se van y yo me acerco. Hay
bastante espacio en el compartimiento, aún con todo el equipaje dentro. Tengo
que decidir ya; el conductor vendrá dentro de poco para cerrarlo. Qué idea más
loca… pero el próximo autobús no vale. Pongo mi maleta en el rincón del
compartimiento y subo detrás ella. Me acuesto en el suelo metálico y me
escondo. Oigo pisadas justo afuera, la puerta cierra, y todo se oscurece.
La verdad es que no estoy tan
incómoda. No hace calor ni frío, puedo estirar las piernas completamente, y uso
mi mochila como almohada. Las vibraciones del motor y de las ruedas me relajan.
Me siento como si estuviera soñando, y sonrío. Es gracioso, esto. Gracioso
hasta que me encuentren… pero no hay paradas, y tengo cinco horas para pensar
en cómo salir sin que nadie se dé cuenta.
¿Dónde estará mi billete? El no
saber me molesta. Casi nunca pierdo nada; pongo las cosas donde deben estar,
donde sé que las voy a tener cuando las necesito… ah. ¡Qué gracioso! Claro,
claro que lo puse en mi maleta, ya recuerdo. Donde sabía que lo iba a tener
cuando lo necesitaba. Esta vez mi sistema de organización no ha funcionado tan
bien. Abro la cremallera de la maleta y siento el borde algo serrado del pequeño
billete. Sonrío de nuevo.
Me duermo, y al despertarme hay luz
y movimiento. La pila de equipaje disminuye y me toca irme. No puedo ver a
nadie, y salgo con el billete y mi maleta en las manos. No lo podía ver antes,
pero el conductor está justo aquí fuera de la puerta. Él me mira y le sonrío.
“Pero… ¿Qué?” me pregunta con
desconcierto.
“Aquí tiene usted el billete,” le
respondo, y me voy sin mirar atrás.
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