domingo, 6 de abril de 2014

La cena, por Nick Anderson



  “Uffffff, ¡Qué día! ¿Dónde está el control remoto?”

            “Ay, Tomás, No piensas que debes saludar a tu mujer cuando vuelves a casa, antes de…¡¿Qué estás haciendo?! No te quites los pantalones en mi salón!”

            “Estoy cansado, María. Necesito relajarme.”

            “Puf. Bien, pero no esperes que yo los vaya a recoger.”

            “Ya sé, ya sé. No soy un animal.”

            “No estoy segura de eso. De todos modos, dime de tu día. ¿Qué terror te pasó hoy?”

            “O, nada fuera de lo usual. Jenkins me estaba acosando todo el tiempo, alguien robó mi almuerzo del refrigerador, y el jefe pasó por mi cubículo durante mi siesta. ¡Qué suerte tan miserable! ¡La siesta solo duró media hora! La necesitaba. Te digo, María, nuestro colchón se ha ido al diablo. ¡Me duele la espalda como el infierno!”

            “Tomás, te he dicho miles de veces, no es el colchón. ¡Es tu estómago el que te causa el dolor! Me dijiste en enero que ibas a ir al gimnasio este año. ¿Qué pasó con eso?”

            “Mi trabajo, María. He estado trabajando muy duro este año. El jefe me va a promover un día muy cercano. ¡Lo puedo sentir!”

            “Cabrón, me acabas de decir que el jefe te vio durmiendo hoy. Así que, ¿cuál es? No me estás diciendo mentiras, ¿o sí?”

            “Eh…claro que no, mi amor. Pero un hombre puede tener esperanza. Además, ¿sabías que en Japón causa orgullo cuando a uno se le descubre durmiendo durante el trabajo? Se dice que es una indicación de alguien muy trabajador. Que están tan agotados por su trabajo que no pueden permanecer despiertos.”

            “Me suena como expresión de deseos. Bueno, lávate los manos. Está lista la cena.”

            “Bueno, bueno. Me voy…”

            “¡Y ponte los pantalones!”

            “Sí, mi amor…”


*          *          *


            “Bueno, siéntate, se está enfriando la cena.”

            “¿Qué tenemos esta noche?”

            “Es una receta nueva. Intenta a adivinarla.”

            “Eso significa que es un experimento fracasado, ¿no?”

            “¡Cuídate, muchacho!”

            “Es una broma, María. Por Dios, relájate.”

            “…”

            “…”

“Entonces... ¿te gusta?”

            “La verdad es que está un poco achicharrado.”

            “O, pues, ¡lo siento! ¡Para variar, quizás mañana tú puedas pasar toda la tarde cocinando y yo puedo volver a la casa, inmediatamente quitarme los pantalones, y  rascarme los huevos!”

            “Em…probablemente es porque el horno no está funcionando bien…yo lo arreglaré mañana...pues, lo haré después de que ‘me rasque los huevos’, como dijiste.”

            “Gracias, Tomás.”

            “No lo menciones, mi amor.”

            “Tomás, nunca pides que yo te diga de mi día. Siempre oigo tus quejas sobre el jefe y todo, pero nunca puedo hablar de mis propios problemas.”        

            “Ay, María, hemos estado casados por 34 años. ¡No necesitas una invitación escrita para decirme de tu día! Así que, ¿qué pasó?”

            “Pues, gané la lotería.”

            “¡Madre de Dios, María! ¿Dónde está el teléfono? ¡Voy a llamar a mi jefe y soltarle el rollo!”

            “Relájate, hombre, era solamente viente dólares.”

            “…Uf. ¡María, no me emociones así!”

            “Lo siento, Tomás, sabes que me gusta tomarte el pelo. Así que, ¿en dónde quieres vacacionar con nuestra nueva riqueza? ¿Japón, para que puedes holgazanear y ser loado como un héroe?”

            “¿Eres seria, mujer? No voy a trabajar. Voy a retirarme, aunque tienes razón. Yo podría ser el hombre más trabajador que haya vivido en aquel país. Pero estaba pensando en Noruega. Siempre he querido ver los fiordos. Y también, me gustaría ver la nieve algún día.”

            “Algún día, Tomás.”

            “Sí, María. Algún día, veremos los fiordos juntos. Ay, no laves los platos. Déjame hacerlo.”

            “Bueno, gracias, mi caballero de brillante armadura.”

            “Puf, no digas tales cosas, o voy a cambiar de opinión.”

            “…”

            “…”

            “…”

            “María, ¿qué estás haciendo? Te dije, lo haré.”

            “Quiero secar los platos después de que tú los laves. ¿Es esto un crimen? Quiero secar mis propios platos en mi propia casa, Tomás.”

            “Bien, bien, no grites, mujer.”

            “¡No estoy gritando!”

            “Digas lo que digas, mi amor.”

            “…”

            “…”

            “Gracias para la ayuda, Tomás.”

            “De nada, María. Eres mi mujer, después de todo.”

            “Te amo, Tomás.”

            “Te amo también, aunque eres una tonta fúlica.”


            “Cuídate, muchacho.”

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