domingo, 6 de abril de 2014

La fuerza de la corriente, por Nicole Byer


            Cada invierno voy a Key Largo, Florida para bucear con un grupo de estudiantes míos y con otros instructores de buceo de la tienda en la que trabajo. Por las mañanas enseñamos, siempre en las partes tranquilas y poco profundas del mar. Es un trabajo ideal: nos pagan por disfrutarnos en unos de los lugares más hermosos del mundo. Los estudiantes casi siempre salen del agua felices y con ganas de aprender más. Por las tardes, mis compañeros de trabajo y yo siempre salimos más lejos de la costa, a bucear en los naufragios. Key Largo tiene unos de los mejores naufragios de los Estados Unidos - en particular, el Spiegel Grove y el Duane.
            Una tarde de febrero un poco gris, salimos del puerto para ir al Duane. Iba a bucear con un amigo mío, Justin, quien tenía alrededor de 30 años, una barba corta pero abundante, y un bronceado magnífico por trabajar como obrero de la construcción. Justin era inteligente, pero siempre estaba en su propio mundo y pasaba la mayor parte del tiempo en el barquito mirando al agua y pensando.
            Había cinco personas más con nosotros - el capitán, dos instructores más de nuestra tienda, y dos mujeres de casi setenta y cinco años. Yo había visto a las mujeres antes, pero sólo en fotografías. Eran Evelyn Dudas y su mejor amiga, Marcie Bilinski, y todo el viaje me hablaron de cómo era el buceo hace cincuenta años. Evelyn era la primera mujer quien buceó en el naufragio de la Andrea Doria, un barco italiano que se hundió 75 kilómetros de la isla de Nantucket. En el mundo del buceo, alcanzar la Doria es como subir el Everest, y Evelyn lo hizo cuando tenía 22 años. Marcie lo había hecho también, unos años más tarde, y desde aquel entonces las dos amigas habían tenido su propia tienda de buceo en Nueva York.
            Al llegar al sitio del Duane, supimos que no sería tan fácil bucear ese día. La boya estaba tirada a un lado por una corriente enorme. En ese momento las olas no eran tan grandes, pero había viento y sabíamos que dentro de unas horas el mar sería mucho más violento. Mientras Justin y yo preparábamos nuestro equipo, el capitán les ayudó a Evelyn y Marcie a bajar del barquito. Como ellas ya eran mayores y tenían bastantes problemas de salud - muchos por haber tenido accidentes buceando - tenían que entrar en el agua y ponerse todo su equipo allí. No conocíamos realmente la fuerza de la corriente hasta que Evelyn entró en el agua y cinco segundos después estaba a casi 15 metros del barquito. Al ir a recogerla, Justin y yo estábamos listos y decidimos bajar primero.
            Sobre el naufragio del Duane hay una cuerda que conecta la boya de la superficie con la chimenea del barco. Justin y yo alcanzamos la cuerda, nos miramos, y empezamos a bajar, mano a mano hacia el fondo. Era como estar en un huracán submarino - los peces no podían controlar su trayectoria en absoluto y volaban todos juntos en una dirección. Me sentía como una bandera en el viento, agarrando la cuerda cuando mi cuerpo se movía a la voluntad del corriente. La verdad es que me encantaba estar allí - creía que era fascinante - y recuerdo que estaba tranquila, y que estaba respirando lenta y profundamente. Me sentía como si estuviera dentro de un programa del Discovery Channel, clarísimo, pero apartado de la vida real.
            Alcanzamos el barco y nos refugiamos en la chimenea, protegidos de la corriente. Pude ver que Justin estaba bastante nervioso, y sabía que no tendríamos tanto tiempo allí - él estaba gastando su aire rápidamente y estábamos a 120 pies de profundidad. Decidimos explorar el interior del barco, y pasamos por el pasillo central de la primera cubierta hasta la oficina del capitán, donde vimos a Evelyn, pero no a Marcie. Evelyn parecía calmada, y estaba explorando el barco como si su compañera estuviera a su lado. Quería seguir a Evelyn a ver si Marcie estaba cerca, pero en ese momento Justin me hizo una señal que significaba que quería subir, y después de treinta minutos en el naufragio empezamos nuestro ascenso. Pasamos casi 20 minutos subiendo, para estar seguros, y la corriente se había hecho aún más fuerte.
            Los otros instructores ya habían vuelto al barquito, y parecían aliviados al vernos. Yo no podía dejar de hablar de lo fascinante que había sido, pero Justin se sentó sin decir nada, y miró al mar con ojos como platos. Evelyn volvió diez minutos después, pero sin Marcie. Necesitó ayuda para subir al barquito - estaba exhausta y las olas habían crecido. Al poder hablar, nos dijo que cuando había alcanzado el barco, había mirado detrás y Marcie no había estado allí. Evelyn había decidido explorar el naufragio sin su amiga, lo cual era sumamente peligroso para ellas dos. Decidimos esperar allí, a ver si Marcie surgiría.
            Cada minuto pasado sin verla, nos sentimos más nerviosos e incómodos. Era extraño saber que nos habíamos estado riendo con ella hacía una hora, y que ahora no sabíamos si estaba perdida, o algo peor. Después de una hora esperando, el capitán decidió partir del sitio del Duane y seguir el trayecto de la corriente. Nos pegamos a las bordas del barquito y escudriñamos el horizonte para ver cualquier forma distinta. Muchas veces vimos algo entre las olas, pero al acercarnos siempre era una boya o algún tipo de basura. En un momento Justin y yo nos miramos, y al ver su cara sabía que él estaba pensando lo mismo que yo - que quizás no la encontraríamos. Buscamos así durante una hora, y el capitán nos dijo que ya estábamos a casi siete kilómetros del naufragio. Cuando estábamos a punto de llamar al guardacostas, la radio del barquito sonó.
            Los tripulantes de un bote de pesca habían oído gritos sólo a un kilómetro de donde estábamos nosotros, y habían encontrado a Marcie subiendo y bajando entre las olas. Luego Marcie nos dijo que las dos mujeres habían bajado juntas hasta un punto, cuando Marcie vio algo metálico en el piso oceánico y fue a verlo. Calculó mal la fuerza de la corriente, y su scooter submarino no pudo superarlo. Ella no llegó a captar ni un destello del naufragio. Cuando subió a la superficie, casi no podía ver el barquito, y 15 minutos después, no podía verlo en absoluto.

            Cuando fuimos a recogerla, Marcie estaba sonriendo, aparentemente entretenida por la experiencia. Cuando Evelyn la vio, ella rió también, y le dijo que sabía que nada malo le había pasado. Pero mis amigos y yo no habíamos sabido eso, y no creíamos que todo fuera tan gracioso. Las mentes de Evelyn y Marcie todavía estaban en los años sesenta, cuando unos riesgos del buceo eran inevitables, y todos aceptaban que había la gran posibilidad de morir cada vez que entraban en el mar. Todavía hay riesgos, claro, pero ya tenemos la tecnología y el conocimiento para bucear de una manera más segura. Al volver al puerto, Marcie - todavía de buen humor - me dio su número de teléfono y me invitó a bucear con ella desde el barquito que ella tiene en la costa de Massachusetts. Le agradecí, pero como valoro mi vida, nunca la llamé.

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